Marzo no llega de golpe, llega empujando. Empuja los horarios, las obligaciones, las agendas llenas y la sensación de que el año comienza recién ahora. El cuerpo vuelve, cumple, responde. Pero algo adentro queda un paso atrás.
Venimos de un tiempo distinto. De ritmos más suaves, de días con menos estructura, de una vida un poco menos exigente. Y aunque el calendario marque el retorno, el mundo interno no siempre está preparado para seguirle el paso. Esa distancia se siente: cansancio, inquietud, ansiedad sin nombre.
En marzo solemos pedirnos más justo cuando necesitaríamos pedirnos menos. Más foco, más energía, más rendimiento. Nos tratamos como si pudiéramos encendernos sin transición, olvidando que también necesitamos tiempo para adaptarnos al nuevo horario, nuevas rutas, colegios, reuniones y a veces la lista de deberes es larga. Hay un cansancio que no se pasa sólo durmiendo y una inquietud que no se calma haciendo más, porque la sensación va por el lado de todo lo que queda pendiente.
Tal vez este mes no venga a apurarnos, sino a invitarnos a hacer una pausa consciente. A escuchar cómo estamos llegando. A reconocer que volver también es un proceso.
No todo inicio necesita velocidad. Algunos comienzos necesitan presencia, respiración y espacio. Antes de seguir, antes de exigirnos, quizás baste con detenernos un momento y volver a nosotros. Esta detención será de ayuda porque podemos poner el foco en lo que si vamos logrando y agradecer aquello. La
gratitud y el reconocimiento también servirán para bajar los niveles de autoexigencia que en algunos casos vienen acompañado de rumiación, que agota.